Lo que nos dejamos reúne dos cuerpos de obra autónomos que nunca habían compartido el mismo espacio: los óleos de José Zevallos León, referente del surrealismo arequipeño, y Archivo de afectos, la obra de su nieta Camila Zevallos. Dos voces, dos lenguajes, dos tiempos. Una sola historia que tardó muchos años en encontrar su forma expositiva.
La pintura de José Zevallos León construye un universo donde lo sagrado y lo onírico coexisten sin resolverse.
Hay en toda su obra una fe sostenida en lo invisible —no como renuncia a lo real, sino como expansión de sus límites. Pintó mundos que no existen con la precisión de quien los ha visitado. Esa precisión es, también, una forma de verdad.
Pintar era, para él, una manera de verse. Cada cuadro es también un autorretrato oblicuo —no del cuerpo, sino de una interioridad que no cabía en el lenguaje ordinario. Lo que sus pinceles construían era su propia historia reescrita en imágenes: una autoficción visual, sostenida durante décadas, donde la imaginación no evadía lo vivido, sino que lo traducía a una dimensión más verdadera que los hechos.
Los cuadros se presentan aquí como lo que siempre fueron: obra propia, voz propia, universo completo en sí mismo. No ilustran la pieza de Camila ni la documentan. La preceden, la fundan, la hacen posible. Y revelan, también, que la autoficción no comenzó con ella —sino mucho antes, en silencio, con pincel.
Archivo de afectos es una obra de autoficción compuesta por cinco notas periodísticas fabricadas. Cada una narra un episodio de la historia entre Camila Zevallos y su abuelo: encuentros, conversaciones, colaboraciones, exposiciones. Ninguno ocurrió exactamente como está escrito. Todos contienen una verdad que los hechos solos no habrían podido sostener.
Archivo de afectos no es nostalgia ni reconstrucción. Es una tecnología del duelo: la práctica de imaginar con suficiente precisión aquello que debería haber ocurrido, hasta que la realidad no tiene más opción que ceder.
Lo que esta exposición propone no es una síntesis entre ambas obras sino una conversación que ninguno de los dos inició conscientemente. Los cuadros de José Zevallos León no ilustran el archivo de su nieta. El archivo no comenta los cuadros. Pero juntos revelan algo que cada uno, por separado, solo podía intuir: que hacer arte es, antes que nada, un acto de exposición interior. Él lo hizo con pigmento y tela durante décadas. Ella lo hace con palabras y fotografías ahora. Ambos eligieron sus medios sin saber que estaban eligiendo, también, una forma de sanar.